EL DERECHO DE TRABAJAR

Hoy 4 de septiembre de 1961 estoy ante los cristales contemplando lo que pasa en la calle.

Veo frente a mi casa unas pobre madres infelices del pueblo, sentadas en la tierra viva, la tierra sagrada de sus padres.

En el piso hay diversos productos comestibles, frutas, legumbres, raíces alimenticias y hermosas flores que embalsaman la atmósfera con su deliciosa fragancia. Algunos bellos niños semidesnudos juguetean alegras alrededor de sus pobres madres que afanosas tratan de vender a los vecinos aquellos productos de la tierra.

Estas pobres mujeres necesitan alimentar a sus pequeñuelos. Estas infelices necesitan vestir a sus niños semidesnudos, y por eso están trabajando en plena calle. Están en pleno ejercicio de un derecho: el derecho de trabajar.

Algo sucede de pronto entre el tumulto de vecinos, mujeres que venden, y niños que alegres jugaban.

Un carro se ha detenido y un hombre elegantemente vestido desciende amenazador sobre estas infelices e indefensas madrecitas que aterrorizadas recogen con afán legumbres, frutas y flores para huir horrorizadas ante el elegante caballero que las increpa, insulta y humilla. Los niños se prenden a las faldas de sus pobres madrecitas, y luego todo queda desierto como si en ese lugar no hubiera pasado nada. El infame caballero satisfecho de su “valentía” se mete entre su coche y se aleja velozmente por las calzadas de la ciudad.

Estuvieron de suerte las pobres madres esta vez, porque en otras ocasiones este elegante señor no tenía... escrúpulos de ninguna especie, y armado del valor peculiar que le caracteriza, arrasó con todo, y despojando a las infelices de todo aquello que vendían se alejaba siempre feliz como el ave de rapiña después de atrapar la presa entre sus siniestras garras. Este hombre actúa en nombre del gobierno, es autoridad y todos los infelices tiemblan ante él.

En casi todos los países de América hemos contemplado nosotros la misma tragedia, los hijos del pueblo no tienen derecho a trabajar si no logran la suerte de conseguir dinero para sacar un puesto en el mercado. Los gobiernos no le perdonan al infeliz pueblo el delito de ser pobre. No existe compasión para los pobres. Los poderosos de la tierra aborrecen mortalmente a las madres hambrientas y a los pobres hombres que trabajan. Los grandes señores odian mortalmente al infeliz que se atreva a hacerles competencia.

Es necesario comenzar a buscar remedio para esto. Es urgente conseguir el derecho de trabajar. La unión hace la fuerza. Así como existen gremios de distintas clases muy bien organizados y con maravillosos sindicatos, así también estas pobres madres y estos pobres hombres que no tienen dinero para alquilar puestos en los mercados deben sindicalizarse, formar sus sindicatos, pagar sus abogados defensores e iniciar luego la lucha pasiva por el derecho, por el derecho de trabajar. Debe iniciarse una lucha sin violencia, sin resistencia al mal. Si el mal se le opone al mal, toma entonces más fuerza. La violencia sólo conduce a los seres humanos al fracaso. Es necesario luchar con paciencia y con inteligencia. Los vendedores ambulantes unidos pueden hacer huelgas de hambre públicamente y en grandes grupos. Huelgas pasivas, silenciosas, desfiles pacíficos de protestas sin gritos de ninguna especie ni violencias de ninguna índole.

Todas estas pobres madres, todos estos pobres campesinos después de que se unan, organicen y sindicalicen, constituirán de hecho un ejército poderoso ante el cual temblarán los poderosos de la tierra.

Nosotros debemos hacer labor de propaganda entre estos pobres infelices a fin de organizarlos para la batalla.

Trabajar no es un delito. El derecho de trabajar es derecho legítimo del ser humano.

OTRO CASO

Voy pasando como peatón por la calle de una gran ciudad. Las gentes se han reunido alrededor de alguien. Me acerco con el propósito de conocer lo que está sucediendo. Una infeliz mujer llora y pide con supremo dolor un poco de compasión al policía que la ha hecho presa. La infeliz ha cometido “el crimen de trabajar” y el señor policía no le perdona eso, la pobre estaba vendiendo frutas y comestibles en la calle, para ganar unas pocas monedas, eso es todo. Eso no se lo perdonan los poderosos de la tierra. Algunas señoras compadecidas ruegan al policía por la infeliz pero todo resulta inútil. De pronto se detiene un carro de la policía y la infeliz a pesar de sus ruegos y lágrimas, es metida a la fuerza dentro del carro y llevada a la cárcel, la pobre no había cometido otro crimen sino el de trabajar por el pan de cada día. Ese era su delito y los poderosos no se lo perdonaron.

UN SÁDICO

En una gran ciudad del mundo vimos a infelices ancianos y pobres mujeres del pueblo huir aterrorizados por las tortuosas calles. Los infelices eran pobres de solemnidad que para vivir honradamente se dedicaban a vender dulces, comestibles de toda clase, etc., eran perseguidos los pobres por el “delito de trabajar”. Una niña desnutrida y hambrienta se hallaba en la puerta de un templo vendiendo lo que podía para vivir y no perecer de hambre, la infeliz criatura fue atropellada por los gendarmes y despojada de sus mercaderías.

Un niño andaba por las calles vendiendo dulces, los gendarmes lo atacaron como a un bandido y le quitaron sus dulces, el infeliz huyó.

Nosotros conocimos esa gran ciudad del mundo occidental, nosotros la vimos.

El ALCALDE de dicha ciudad era un poderoso señor de horca y cuchillo estilo feudal. Los pobres le temían, los ricos lo necesitaban, los políticos lo adulaban porque él ponía y quitaba presidentes, él era el amo de la política.

Muchas cosas se decían de ese poderoso señor: se comentaba entre las gentes lo de sus orgías donde se hacía derroche de lujo, vinos, mujeres, oro y lujuria.

Los criados de aquél GRAN SEÑOR muchas veces se espantaron viendo a las hermosas de la orgía bañadas en sangre; nadie decía nada, nadie protestaba ante la sangre y el horror, la policía temblaba y callaba. Nadie se atrevía a protestar.

Aquél gran señor era un sádico que golpeaba a las hermosas para gozar en la orgía. Aquella ciudad estaba gobernada por un alcalde sádico, por doquier el dolor y el llanto, mujeres bañadas de sangre por el delito de ser hermosas, ancianos, niños, pobres, padres de familia, humildes mujeres del pueblo despojadas de sus comestibles o de sus mercancías, huyendo espantadas por las calzadas de la lujosa ciudad. ¿Qué mas podría verse en una ciudad gobernada por un sádico?.

Aquél rico señor hacía sangrar al pueblo, era este el hombre de la política y todos temblaban ante él.

Uno se llena de horror cuando ve a los gendarmes cumpliendo órdenes de un sádico.

Esta ciudad está más acá de la cortina de hierro en la Europa que se dice civilizada, en el mundo que se dice libre.

No hay duda de que en la América también existen ciudades y alcaldes así.

Todo esto nos hace pensar en la necesidad de utilizar las armas de la inteligencia para destronar a los tiranos. La mejor forma de acabar con esos tiranos es no cooperar con ellos. No obedecerlos, no apoyarlos, no adularlos.

Cuando un tirano es muy poderoso se vuelve insoportable, realmente es el pueblo quien le da el poder a los tiranos, sólo el pueblo puede quitarle el poder a los tiranos. Resulta fácil derrocar a un tirano cuando todos los gremios de los trabajadores están unidos. Esto es difícil porque los amos siempre procuran dividir a los trabajadores en bandos opuestos para poder explotarlos, “divide y gobernarás”, dicen los ingleses.

Los trabajadores deben unirse para defenderse, los trabajadores deben hacer política propia. Los trabajadores deben organizarse. Los trabajadores deben estudiar.

Es absurdo sostener a un sádico en el poder. Es estúpido cooperar con los tiranos. El único que puede quitarle el poder a los tiranos es el pueblo.

La violencia sólo sirve para reforzarle el poder a los tiranos. Ese no es el camino de liberación. Sólo por medio de la inteligencia podemos derrocar a los tiranos. No hay un tirano que resista un paro total de todos los gremios obreros. El paro total es el arma más terrible de los trabajadores.

DRAMA DE SEIS CHICOS DESAMPARADOS

En un periódico hemos leído un relato que a continuación transcribimos. Es el drama de seis chicos desamparados. Sus madres eran vendedoras ambulantes y eso no se lo perdonaron los poderosos de la tierra. El dolor de esas criaturas abandonadas era imposible describir con palabras. “Su impotencia, su desconcierto, y el llanto incontenido de sus ojos, marcaban un dramático rictus de angustia en los rostros morenos y sucios de siete chiquillos que quizá ayer en la tarde se enfrentaban por primera vez a la tragedia de sus miserables vidas”.

“Momentos antes, frente a ellos, seis bravos inspectores de reclutamientos del departamento del distrito, con lujo de fuerza, de excesiva violencia, aprehendieron a sus madres, a golpes las hicieron abordar unos jeeps, mientras algunos de ellos decomisaron dos canastas con comestibles, y arrojaron a las alcantarillas lo que esas campesinas trajeron para venderlo aquí clandestinamente”.

“Los inspectores se llevaron a Sabina Morales de Sánchez, a su hermana Ignacia Morales y a Victoriana Cruz de Rubio, y las encarcelaron”.

“Ellas también gritaron y lloraron en vano, los inspectores fueron terminantes, y en esa forma fueron a la cárcel y sus hijos quedaron abandonados en la vía pública, y como resignados a su suerte o quizás con la esperanza que ellas volviesen se sentaron a esperarlas en el quicio de una accesoria del edificio que esta más cercano”.

“Celerina Sánchez de siete años, en cuyos brazos quedó dormida su hermanita Francisca de dos años y cerca de ellas su hermano Alberto de cuatro años que son hijos de Sabina Morales de Sánchez. Pedro Rubio Cruz, de seis años, quien tenía en sus brazos a su hermanita Rosa, de escaso año y medio, hijos de Victoriana Cruz de Rubio; Así como Faustino y Victoria Morales, de cuatro y cinco años, respectivamente, hijos de Ignacia Morales”.

“Otras comerciantes establecidas en esa calle, cerca de una terminal de autobuses, aseguran que las tres campesinas regularmente vienen los domingos a vender sus comestibles. Los mayorcitos parecen confirmarlo también”.

“Los inspectores de reglamentos que iban a bordo de los Jeeps grises, seguramente cumplieron su deber” (con la virtud del deber también se puede dañar a muchos)

“En forma por demás cruel e inhumana, dejaron abandonados en la vía publica a esos chiquillos, los que a las quince horas todavía no habían probado alimento, y ni siquiera podían presumir su suerte futura o inmediata”.

Media hora después ante los llamados del público, llegó a ese sitio una camioneta panel de la policía preventiva, con la orden de recoger a los niños y llevarlos al lado de sus madres.

“Esta vez los pequeños se enfrentaron a una cruda experiencia, cuando los mayorcitos, Celerina Sánchez y Pedro Rubio, sospechaban que también iban a ser encarcelados”.

«Ignorantes de los propósitos de esos policías, todos rompieron en llanto y merced a los consejos de muchos testigos, los niños aceptaron abordar el carro policiaco”.

“Las tres madres fueron conducidas a la cárcel donde se les impusieron multas de mil quinientos pesos a cada una que como es natural no podrán pagar...”

Hasta aquí el mencionado artículo periodístico. Así es como los poderosos del capital tratan a los hijos del pueblo. No existe piedad para nadie porque el capital es cruel y despiadado.

Lo que más horroriza es el corazón de piedra de esos inspectores. Tratando a los infelices trabajadores ambulantes, como a bestias indignas de compasión.

Es horrible pensar que todavía existen en el mundo verdugos asalariados cuyo trabajo consiste precisamente en atormentar a los infelices que trabajan.

Es increíble que todavía haya en la vida seres así de irresponsables.

Lo peor del caso es que el empleo no dura toda la vida, y salen del empleo después de haber llenado de dolor el mundo.

No quieren darse cuenta esos verdugos asalariados que sus víctimas son sus hermanos, y que la sangre que corre por sus venas, corre también por las venas de sus víctimas.

Nos llenamos de horror ante tanta infamia. Se persigue a los que no pueden pagar un puesto en los mercados públicos, pero se adula y se la hace la barba a los poderosos señores que roban millones de pesos a los pueblos.

Así es como los capitalistas abonan el terreno y lo preparan para que en él germine la flor inmunda del comunismo.

Los poderosos crearon el monstruo del comunismo. Si los gobiernos de la América Latina continúan pagando asalariados verdugos para atormentar al pueblo terminará entonces la América Latina por ser devorada por los soviéticos.

Publicado en El Cristo Social

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