EL ETERNO TROGO AUTOEGOCRÁTICO CÓSMICO COMÚN

En nombre de la verdad debo decir que existe una gran Ley que se podría denominar “Ley del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común”. Tal Ley tiene dos factores básicos, fundamentales: “tragar y ser tragado”, o “recíproca alimentación de todos los organismos”.

Incuestionablemente, el pez grande siempre se traga al pez chico, y en las selvas más profundas el más débil siempre sucumbirá ante el más fuerte. Esa es la ley de la vida.

Por muy vegetarianos que nosotros fuéramos, en la negra sepultura nuestro cuerpo será devorado por los gusanos y así se cumple siempre la Ley del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común.

Incuestionablemente, todos los organismos viven de todos los organismos. Si descendemos al interior de la Tierra, descubriremos un metal que sirve de gravitación para las fuerzas evolutivas e involutivas de la Naturaleza. Quiero referirme, en forma enfática, al cobre. Si por ejemplo aplicáramos el factor positivo de la electricidad a dicho metal, podríamos evidenciar (con el sexto senti-do) procesos evolutivos maravillosos en sus moléculas, en sus átomos; mas si aplicáramos la fuerza negativa, veríamos la inversa, es decir, procesos involutivos muy semejantes a los de la humanidad decadente de nuestros tiempos; y la fuerza neutra mantendría al metal, pues, en un estado estático o neutro.

Obviamente, la radiación del cobre es también transmitida a otros metales que se encuentran en el interior de la Tierra, y viceversa. Las emanaciones de aquéllos son recibidas por el cobre y así los metales, dentro del interior de la Tierra, se alimentan recíprocamente (he allí la Ley del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común).

Resulta maravilloso saber que la radiación de todos los metales (entre las entrañas de la Tierra, donde se desenvuelven) es transmitida a otros planetas del espacio infinito. Tales emanaciones llegan hasta las entrañas vivas de los planetas vecinos de nuestro sistema solar; son recibidas, tales radiaciones, por los metales de esos otros planetas (situados entre las entrañas de ellos mismos) y a su vez ellos también irradian, y sus radiaciones u ondulaciones energéticas llegan hasta el interior de nuestro mundo Tierra para alimentar a los metales de éste, nuestro planeta, en el cual vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser. Todos los mundos viven de todos los mundos; eso es obvio, indiscutible, palmario y manifiesto. Sobre esta Ley de la Recíproca Alimentación Planetaria se fundamenta el equilibrio cósmico. Resulta interesante esto, ¿verdad?: cómo alimentándose los mundos unos a otros, ente sí, se ajustan a un equilibrio planetario tan maravilloso y tan perfecto...

El agua de los mundos es, dijéramos, el elemento básico para la cristalización de esta gran Ley del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común. Pensemos, por un momento: ¿qué sería de nosotros mismos y de nuestro planeta Tierra, qué sería de las plantas y de todas las criaturas animales, si el agua se evaporara, si desapareciera, si finalizara? Obviamente, nuestro mundo se convertiría en una gran Luna, en un cadáver cósmico donde no podría cristalizar la gran Ley del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común y todas las criaturas perecerían de hambre.

Esta gran Ley se procesa, ciertamente, de acuerdo con las Leyes del Santo Triamazikamno (La Ley del Tres), y la del Sagrado Heptaparaparshinock o Ley del Siete. Obsérvese bien cómo se procesan estas leyes: un principio activo se acerca a un principio pasivo, o para ser más claro, la víctima es tragada por el principio activo (esa es la Ley, ¿verdad?). El principio activo sería, dijéramos, el polo positivo; el principio pasivo sería el polo negativo y el principio que concilia a los dos, es la tercera fuerza neutral.

La primera en el Santo Afirmar, la segunda es el Santo Negar y la tercera es el Santo Conciliar. Esta última concilia al Afirmar con el Negar y la víctima es devorada (claro está) por quién le corresponda, de acuerdo con la misma Ley, ¿entendido?

El tigre, por ejemplo, se traga al humilde conejo. El tigre sería el Santo Afirmar, el conejo el Santo Negar y la fuerza que los concilia a ambos es el Santo Conciliar (los concilia a ambos, como un todo único).

¿Que es cruel esto? Sí, aparentemente, pero ¿qué le vamos a hacer? Esa es la Ley de los mundos, esa Ley ha existido, existe y existirá siempre. ¡La Ley es la Ley y la Ley se cumple!, por encima de opiniones, costumbres, conceptos, etc.

Pero continuemos, porque es necesario ahondar un poco más, penetrar más en el fondo de este asunto: ¿de dónde viene, realmente, esta Ley del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común? Yo digo que viene del activo Okidanock, Omnipenetrante, Omnisciente, Omnimisericordioso. Ese activo Okidanock, a su vez, ¿de dónde emana?, ¿cuál es su causa-causorum? Indiscutiblemente, tal origen o causa no es otro sino el Sagrado Absoluto Solar. Así, pues, del Sagrado Sol Absoluto emana el Santo Okidanock, y aunque él quede (dijéramos) entre los mundos, no queda completamente involucrado dentro de ellos, porque no puede ser aprisionado.

Para su manifestación creadora, el activo Okidanock necesita desdoblarse en las tres fuerzas conocidas como, positiva, negativa y neutra. Durante la manifestación, cada una de estas tres fuerzas trabaja independientemente, separada, mas siempre unida a su origen, que es el Santo Okidanock, y después de la manifestación, estos tres factores o ingredientes (positivo, negativo y neutro) vuelven otra vez a fusionarse, a unirse con el Santo Okidanock, y al final del Maha-Manvantara el Santo Okidanock (íntegro, completo, unitotal) se reabsorberá en el Sagrado Absoluto Solar.

Vean ustedes, mis caros hermanos, el origen del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común. Partiendo de este principio, queda sin base (de hecho) el vegetarianismo. Obviamente, los fanáticos del vegetarianismo han hecho de éste una “religión de cocina” y eso es ciertamente lamentable.

Los grandes Maestros tibetanos no son vegetarianos, y el que dude de mis palabras que se lea el libro titulado “Bestias, Hombres y Dioses”, escrito por un gran explorador polaco. Él estuvo en el Tíbet, fue recibido por los Maestros con banquetes, y lo curioso del caso es que en tales banquetes o festines, a los cuales él asistió, figuró la carne de toro como elemento básico de la alimentación. A los fanáticos del vegetarianismo les parecerán absurdas mis palabras, pero Kozobsky, el autor de tal libro citado, se alegrará porque verá que yo he comprendido este aspecto importante.

Es, pues, absurdo afirmar que los grandes Maestros del Tíbet son vegetarianos. Cuando el gran Iniciado Saint Germain (el Príncipe Rakosky), el gran Maestro de la Logia Blanca que dirige el Rayo de la Política Mundial, trabajó en la época de Luis XV (para hablar más claro), no se manifestó como vegetariano. Antes bien, le vieron en los festines comiendo de todo; algunos comentan cómo saboreaba la carne de pollo, por ejemplo...

¿De dónde ha surgido, pues, esta cosa del vegetarianismo? Indubitablemente, la escuela vegetariana está en contra del Eterno Trogo Autoegocrático Cósmico Común; eso es obvio. Por otra parte, las proteínas animales en modo alguno pueden ser despreciadas, ya que son indispensables para la alimentación.

Yo fui un fanático vegetariano y en nombre de la verdad les digo que quedé desilusionado del sistema. Todavía recuerdo en la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, Suramérica; en aquélla época quise volver a un pobre perro, vegetariano en un ciento por ciento. Sí, el animal aprendió, pero cuando ya aprendió, murió. Sin embargo, yo observé los síntomas de aquella criatura: la debilidad que presentaba antes de morir, etc. Mucho más tarde en la República de El Salvador, Centroamérica, a mí se me presentaron los mismos síntomas. Cuando regresaba a la casa, subiendo por una larga calle que tendía (más bien) a ser vertical que horizontal, pues era bastante pendiente, sudaba espantosamente, la debilidad aumentaba, creí que iba a morir. No me quedó más remedio que llamar a la Maestra Litelantes, mi esposa, y pedirle el servicio de que me asara un pedazo de carne de toro. Ella lo hizo así, y yo comí la carne. Entonces las energías volvieron al cuerpo, sentí cómo volvía a vivir. Desde entonces me desilusioné del sistema.

Aquí en México, conocí, precisamente, al director de una escuela vegetariana (ese hombre era alemán); su cuerpo fue debilitándose espantosamente, terriblemente, hasta presentar los mismos síntomas del perro aquél de mi experimento. El desdichado señor, al fin, terriblemente debilitado, murió.

Conocí también a un yogui (astrólogo y no sé qué cosas más), que representaba a la Universidad en una mesa redonda, aquí en la ciudad de México. Se fue debilitando su organismo (terriblemente) con el vegetarianismo; presentó los síntomas de aquel pobre perro de mi experimento, y murió...

Así pues, mis caros amigos, sepan que existe la gran Ley del Trogo Autoegocrático Cósmico Común, y que es inútil tratar de evadirnos de esta Ley que emana (ya dije) del activo Okidanock; que no es posible alterar dicha Ley o modificarla.

No quiero con esto decir que hemos de volvernos carnívoros en forma exagerada. No, más vale que seamos un poco equilibrados. Decía el Dr. Krumm Heller que nosotros necesitamos tener un 25% de carne entre los alimentos, y en eso estoy de acuerdo con el Maestro Huiracocha (Dr. Krumm Heller).

Repito, por muy vegetarianos que nos volvamos, la Ley se cumple y cuando vayamos a la fosa sepulcral los gusanos se tragarán nuestro cuerpo, gústenos o no nos guste, porque Ley es Ley. Eso es obvio, ¿verdad? Las vacas son vegetarianas en un ciento por ciento, y sin embargo (como dijera un gran Iniciado) “jamás hemos visto a una vaca iniciada”. Con dejar de comer carne, nosotros no nos Autorrealizaremos a fondo. Puedo asegurarles a ustedes que nadie va a volverse más perfecto porque deje de comer carne. Algunos dicen que “cómo van ellos a meter dentro de su organismo elementos animales, si ya están en la senda de la perfección, etc.” Esos, que dicen tales cosas, ignoran cuál es su propia constitución interna, y más vale que coman un pedazo de carne y no que continúen con los “·agregados” animalescos que cargan dentro de sí mismos.

El organismo humano tiene como asiento un Cuerpo Vital, el “Linga Sharira” de que hablan los teósofos. Más allá de todo eso, ¿qué es lo que existe dentro de los organismos de estos “humanoides intelectuales”? Pues los “agregados” animalescos, aquellos “agregados psíquicos” que personifican nuestros errores, esos monstruos bestiales de nuestra pasiones. Pues bien, más vale eliminar esos monstruos que preocuparnos por el pedacito de carne que sirve en la mesa a la hora de comer alimentos. Cuando comemos la carne de pollo o de toro, no nos perjudicamos en forma alguna; empero, con todos esos “agregados” bestiales que cargamos, no solamente nos estamos perjudicando a sí mismos, sino que también estamos perjudicando a nuestros semejantes y eso es peor.

¿Es, acaso, poca cosa la ira, la codicia, la lujuria, la envidia, el orgullo, la pereza y la gula? ¿Y qué diremos de todas esas bestias que llevamos dentro y que representan a la murmuración, a la calumnia, a la chismografía, etc., etc.? Mejor es que no “lavemos tanto las manos”, presumiendo de “santos”. Ha llegado la hora de volvernos más comprensivos; lo importante es morir en sí mismos, aquí y ahora.

Sin embargo, no quiero con esto negar la selección de los alimentos. En modo alguno aconsejaría yo, por ejemplo, la carne de cerdo. Ya se sabe que ese animal es leproso y que tiene una psiquis demasiado brutal, perjudicial para nuestro organismo. Conviene, sí, el alimento sano: la carne de res, el pollo, etc., pero jamás llegar a los excesos, porque éstos son completamente dañinos y perjudiciales...

Bueno, mis caros amigos, creo que con lo que les he hablado acerca del vegetarianismo, tienen ustedes una suficiente orientación para saber alimentar su cuerpo, sin que les falte y sin que les sobre, es decir, dentro de un equilibrio perfecto. Eso es todo.

Publicado en El Quinto Evangelio

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