SOBRE‑INDIVIDUALIDAD

Necesitamos desegoistizarnos para individualizarnos y luego sobre‑individualizarnos. Necesitamos disolver el yo para tener el CPC que estudiamos en el capítulo anterior.

El yo pluralizado gasta torpemente el material psíquico en explosiones atómicas de ira, codicia, lujuria, envidia, orgullo, pereza, gula, etc.

Muerto el yo, el material psíquico se acumula dentro de nosotros convirtiéndose en el CPC.

Hoy por hoy el ser humano, o mejor dijéramos, el bípedo que a sí mismo se auto-califica de "humano", es realmente una máquina controlada por la legión del yo.

Observemos la tragedia de los enamorados: ¡Cuántos juramentos! ¡Cuántas lágrimas! ¡Cuántas buenas intenciones! ¿Y qué? De todo no queda sino el triste recuerdo. Se casan, pasa el tiempo, el hombre se enamora de otra mujer o la esposa se enamora de otro hombre, y el castillo de naipes se va al suelo. ¿Por qué? Porque todavía el ser humano no tiene su CPC.

El pequeño yo que hoy jura amor eterno es desplazado por otro pequeño yo que nada tiene que ver con dicho juramento. Esto es todo. Necesitamos convertirnos en individuos y esto sólo es posible creando un CPC.

Necesitamos crear un CPC y esto sólo es posible disolviendo el yo pluralizado.

Todas las íntimas contradicciones del ser humano serían suficientes para volver loco a cualquiera que pudiese verlas en un espejo; la fuente de tales contradicciones es la pluralidad del yo.

Quien quiera disolver el yo tiene que empezar por conocer sus íntimas contradicciones; Desgraciadamente, a la gente le encanta engañarse a sí misma para no ver sus propias contradicciones.

Quien quiera disolver el yo tiene que empezar por no ser mentiroso. Todas las personas son mentirosas consigo mismas, todo el mundo se miente a sí mismo.

Si queremos conocer la pluralidad del yo y nuestras perennes contradicciones, debemos no auto‑engañarnos. La gente se auto-engaña para no ver sus contradicciones internas.

Todo aquel que descubre sus íntimas contradicciones siente vergüenza de sí mismo con justa razón, comprende que no es nadie, que es un infeliz, un miserable gusano de la tierra.

Descubrir nuestras propias contradicciones íntimas es ya un éxito porque nuestro juicio interior se libera espontáneamente permitiéndonos ver con claridad el camino de la individualidad y el de la sobre‑individualidad.

Publicado en La Revolución de la Dialectica

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